Chileno con discapacidad cumplió el sueño de ser doctor en Física gracias a las manos de su madre

Simplemente no se rindieron, ni él ni su madre. La historia del chileno David Valenzuela y de su madre Sara Díaz, es digna de ejemplo.

Cuando David nació en Copiapó, no lloró y su madre se dio cuenta de inmediato que algo pasaba. Los doctores se lo confirmaron: el niño se había asfixiado al nacer. Eso le trajo complicaciones a su salud, sobre todo en la parte motora.

Meses después, Sara descubrió que no lloraba por hambre y frío, no podía sentarse y su cuerpo se inclinaba ligeramente hacia un lado. La asfixia había sido importante.

Hoy a David le cuesta desplazarse, aunque lo hace por sus propios medios y si bien su lenguaje no es fluido, se comunica bien.

Entró al colegio a segundo básico, pero ya sabía leer y su nivel en matemáticas correspondía a un niño de séptimo año. Terminó en el liceo con un promedio de nota 7 y pese a su discapacidad, su madre no quiso que se eximiera de ninguna asignatura, incluso educación física.

Fiel a lo que se dice que el amor de madre es incondicional, Sara acompañó a su hijo a clases durante todo este desarrollo académico para ayudarlo en lo que el cuerpo de David no podía hacer.

El momento de elegir su carrera profesional, David, contrariamente a lo que pensaba su madre, optó por la física. Sara pensaba que una carrera humanista era más fácil para un discapacitado, sin embargo, el joven no desistió de su sueño.

En 2004, viajaron de Copiapó a Santiago y llegaron a la Facultad de Física de la U. Católica, donde Sara expuso sus aprensiones, especialmente en lo que se refiere a trabajos en laboratorio. Sin embargo, en la casa de estudios le abrieron las puertas señalando que los trabajos eran de dos, David podía ser el pensador y otra persona el ejecutante.

Al año siguiente, David rindió la PSU y logró entrar a Física en la UC y se convirtió en el primer discapacitado en cursar esa carrera en la universidad. Él con su madre se vinieron a Santiago. Desde entonces, Sara se convertiría en las manos que necesitaba David, que no puede usar las suyas, para lograr el sueño, finalmente, de graduarse como físico.

Autorizada por la UC, Sara acompañó a su hijo durante los cinco años de pregrado a todas las clases. Se sentaban juntos. Ella anotaba lo que los profesores ponían en la pizarra, mientras David escuchaba lo que los académicos explicaban.

“Yo fui las manos de David. Anotaba todo, que es lo que hacen las manos, aunque no entendiera. No me esforcé tampoco por entender; no quería que mi conocimiento interfiriera el de mi hijo”, confesó Sara en una entrevista.

David terminó la carrera con un 6,1. Dentro del top ten de su generación. El 2011, el joven empezó su doctorado en Física, donde cada vez que hubo una clase, su madre lo acompañó. Tal como lo hicieran siempre: ella escribía, él escuchaba. Terminó en junio del 2016 con nota 7 en su tesis. Hoy está postulando a un posdoctorado, que podría ser en Valdivia o en México. Un gran ejemplo, de que con amor y perseverancia, todo se puede lograr.

 

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